Se acabó.
Siguió el juicio. Culpable de todos los cargos. Sin confusión. Sin piedad.
Kenzo finalmente volvió a dormir toda la noche. Yo también.
Años después, nuestra casa es pequeña. Normal. Segura.
Kenzo ahora ríe con facilidad. Sigue observándolo todo, pero sonríe más de lo que observa.
A veces me pregunta si le creí ese día.
Siempre respondo de la misma manera.
Te creí. Y siempre lo haré.
Porque ese susurro en el aeropuerto nos salvó la vida.
Y porque a veces, la voz más valiente de la sala pertenece a la persona más pequeña que se niega a permanecer en silencio.