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Mentí a una anciana todos los jueves durante seis meses, mirándola a la cara.

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Le dije que el sistema fallaba. Que la aplicación tenía un error. Que “el algoritmo” a veces metía cosas en los pedidos sin que nadie las pidiera.
Era la única manera de que me dejara salvarle la vida… sin obligarla a agachar la cabeza.
Me llamo Álvaro. Reparto para una de esas apps en las que no eres una persona: eres un puntito en el mapa, un tiempo estimado, una valoración al final. Recoges, entregas, te vas. Sin nombres, sin historias. Solo prisa.
Hasta que apareció doña Carmen.
Vivía en las afueras del pueblo, en una casita baja con la fachada gastada por los inviernos. La verja del jardín chirriaba. El buzón estaba torcido. Y aun así, todo estaba tan cuidado que se notaba: alguien había pasado la vida entera intentando que el mundo no se le desordenara por dentro.
Todos los jueves a las 10:00 me entraba su pedido. Siempre igual, como si lo hubiera escrito en piedra:
Pan de molde, una lata de sopa de tomate y un saco de pienso para articulaciones para su Golden Retriever.
El perro se llamaba Toby. Tenía el hocico canoso, las caderas rígidas, pero unos ojos buenos, despiertos. Cuando caminaba hacia la puerta se oían las uñas sobre el suelo, despacito, con esfuerzo… y aun así movía la cola, como diciendo: “Aquí seguimos.”
Doña Carmen tenía más de ochenta años. Pequeña, recta, orgullosa. De esas mujeres que prefieren apañárselas antes que “dar pena”. En la app no dejaba propina. Nunca. En su lugar, me esperaba detrás de la puerta y me ponía dos euros en la mano, siempre exactos, siempre limpios.
—Para la gasolina. Y conduce con cuidado.
No era caridad. Era un trato entre iguales. Ella no quería sentirse una carga, y yo no quería sentirme un héroe. Yo era el repartidor. Ella era la clienta. Punto.
Hasta que llegó noviembre.
Ese frío que se mete en los huesos… y también en las cuentas. Yo hacía más horas, más entregas, y aun así parecía que siempre iba un paso por detrás.
Aquel jueves el móvil vibró. Miré la lista y se me quedó el estómago vacío.
1 saco de pienso para articulaciones.
Sin pan. Sin sopa.
Lo recogí y fui a su casa. El aire olía a asfalto mojado. Cuando doña Carmen abrió la puerta, sentí otro tipo de frío: el que se queda dentro cuando la calefacción se enciende lo mínimo.
Llevaba un abrigo de lana… dentro de casa. Cuello subido. Las manos algo rojas. Y estaba más delgada, como si el invierno ya hubiera empezado a recortar.
Me dio los dos euros. La mano temblaba un poco, pero la barbilla seguía arriba.
—¿Solo el pienso hoy, doña Carmen? —pregunté, intentando sonar normal.
—Esta semana no tengo hambre. —dijo, seca, casi ofendida. Y después, un segundo más tarde—: Toby tiene que comer.
En la entrada, sobre una mesita, había un pastillero. Vacío. Al lado, un papel con números y días. Yo hice como si no lo viera. Pero mi cabeza hizo lo que hace cuando algo duele demasiado: empezó a sumar.
Comida. Calor. Medicinas. Perro.

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