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Mentí a una anciana todos los jueves durante seis meses, mirándola a la cara.

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—Queríamos informarle —dijo la voz al teléfono— de que el perro de doña Carmen está bien. El hijo preguntó por usted. Dice que Toby se sienta cada jueves junto a la puerta a la misma hora.

Tuve que parar el coche.

Respiré hondo.

—Gracias —dije—. De verdad.

Colgué y me quedé un rato mirando al frente. No estaba triste. Era otra cosa. Era… continuidad. Como si algo no se hubiera roto del todo.

Con el tiempo, alguien escribió sobre “repartidores solidarios”. Salió un artículo pequeño, escondido entre noticias grandes. Nunca di mi nombre. No hacía falta. Esto no iba de reconocimiento. Iba de transmisión.

Otros repartidores empezaron a hacer lo mismo. Cada uno a su manera. Cada uno con sus “errores”.

Un día, un chaval nuevo me preguntó:

—Oye, ¿tú crees que se nota cuando ayudas?

Pensé en doña Carmen. En su barbilla alta. En su carta.

—No —le dije—. Y esa es la idea.

Pasaron los años.

Ya no reparto. Encontré otro trabajo. Menos horas. Más estabilidad. El coche, arreglado, sigue andando. A veces hace ruidos, pero yo también.

Guardo la carta en un cajón. No la releo mucho. No porque duela, sino porque ya está escrita dentro.

A veces, los jueves, compro un pollo asado.

No siempre tengo hambre. Pero me acuerdo.

Y cuando alguien me dice que el mundo está roto, que somos números, que nadie mira a nadie… pienso en una anciana, un perro viejo, dos euros limpios y una mentira cuidadosamente diseñada para no herir.

Y entonces respondo:

—No estamos tan solos.
Solo tenemos que aprender a tocar el timbre… de la forma correcta.

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