ANUNCIO

Millonario no podía tener hijos, pero al encontrar a dos niños abandonados todo cambió para siempre-NANA

ANUNCIO
ANUNCIO

Se tocó el pecho.

—Pero me da miedo. Miedo de encariñarme y perderlos. Miedo de no ser suficiente. Miedo de que esto termine de destruir lo que queda de nosotros.

Marcelo la abrazó. Sintió su llanto en la camisa. Y se dio cuenta de que hacía meses que no se tocaban así, de verdad.

—Nuestro matrimonio ya estaba roto —susurró él—. Pero quizá esto… quizá esto sea el puente de vuelta.

Andréia lo miró largo. Luego asintió con una decisión que no parecía de una mujer rica y cómoda, sino de una mujer que por fin encontraba un propósito.

—De acuerdo. Pero lo hacemos bien. Sin trampas. Sin atajos.

Los días siguientes se llenaron de una rutina extraña y nueva: biberones, vitaminas, ropa pequeña tendida al sol. Júlia seguía siendo cautelosa, pero empezó a aflojar el cuerpo.

Rió cuando Miguel hizo una mueca. Pidió un poco más de arroz sin miedo. Durmió una noche entera sin despertar asustada.

Andréia floreció. Canceló compromisos sociales, dejó de llenar su agenda con cosas vacías. Aprendió a hacer papillas, cantó canciones que ni ella sabía que recordaba.

Y una tarde, mientras ayudaba a Júlia a trazar letras torcidas en un cuaderno, le preguntó:

—¿Te gustaría ir a la escuela?

Júlia se iluminó, tímida.

—Quiero aprender a leer bien… solo sé un poco.

—Entonces vamos a hacerlo —dijo Andréia—. Te lo prometo.

El abogado Maurício inició el proceso de guarda temporal. Visitas del consejo, evaluaciones, entrevistas. Marcelo firmó papeles como si firmara contratos millonarios, pero este era el único que de verdad le importaba.

La primera visita oficial fue un pequeño alivio: recomendaron la guarda temporaria. Marcelo y Andréia se miraron esa noche en su habitación, con un miedo dulce y terrible.

—Me encariñé —confesó Andréia—. Sé que quizá no deba, pero…

—Está bien —dijo Marcelo—. Ellos necesitan que alguien se encariñe.

Entonces llegó la noticia que lo cambió todo: encontraron a la madre, Luciana. Estaba en un refugio y quería ver a los niños.

Cuando Marcelo se lo dijo a Júlia, la niña se quedó quieta.

—¿Mi mamá está viva?

—Sí. Y quiere verlos.

Júlia tragó saliva.

—Quiero verla… pero tengo miedo.

—¿Miedo de qué?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—De que me lleve de aquí. Me gusta estar aquí. Me siento segura.

Marcelo sintió que el corazón se le partía, pero le sostuvo la mirada con firmeza.

—Pase lo que pase, vamos a luchar por ustedes.

La visita fue en una oficina neutral. Luciana entró con ropa donada, ojeras profundas y una delgadez que hablaba de noches sin comer. Al ver a Júlia, se le iluminó el rostro con un dolor salvaje.

—Júlia…

La abrazó como si quisiera volver el tiempo atrás. Júlia lloró en sus brazos.

—Volviste… ¿volviste?

Luciana se apartó, sosteniéndole la cara.

—Perdóname. Lo intenté. Busqué trabajo, busqué ayuda… me perdí. No supe.

Su voz era desesperación pura.

¡Lea más haciendo clic en el botón (SIGUIENTE »») a continuación!

ANUNCIO
ANUNCIO