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Millonario no podía tener hijos, pero al encontrar a dos niños abandonados todo cambió para siempre-NANA

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Marcelo llevaba diez años construyendo un imperio con la paciencia fría de quien aprende a no temblar ante nada. Números, contratos, reuniones, vuelos, cenas con gente que sonreía demasiado.

Y al final del día, cuando la casa se quedaba en silencio y el eco de sus pasos se perdía en los pasillos enormes, siempre volvía el mismo vacío: una habitación infantil que nunca se usó, un nombre que nunca se pronunció, una risa que nunca nació en su mesa.

Aquella tarde, sin embargo, el destino lo hizo frenar donde nadie frena.

El chófer, Tiago, había tomado un desvío por una calle secundaria para evitar el tráfico. El Mercedes avanzaba suave, como si la ciudad fuera un tablero que Marcelo dominaba desde arriba.

Hasta que vio una construcción abandonada, medio tragada por la maleza, con paredes de madera podrida y un techo con agujeros por donde la lluvia debía entrar como cuchillos.

Y allí, en la entrada, dos sombras pequeñas.

Marcelo sintió que algo le apretaba el pecho antes incluso de entenderlo. Pidió parar. Abrió la puerta, bajó con el traje impecable y, sin saber por qué, caminó hacia el barro como si lo llamaran por su nombre.

La niña no tendría más de seis años. Tenía el cabello enredado, el rostro manchado de hollín y polvo, y unos ojos demasiado viejos para una cara tan pequeña.

En brazos sostenía un bebé envuelto en un trapo sucio y roto, apretándolo contra el pecho como si fuera lo único real en el mundo. El bebé gimió, un sonido débil, cansado. La niña no lo soltó ni un milímetro.

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