Marcelo se arrodilló sin darse cuenta. La tierra húmeda manchó sus rodillas, pero ni siquiera lo notó.
—¿Están solos aquí? —preguntó, y su voz salió más baja, como si temiera romper algo.
La niña no respondió. Solo apretó más al bebé, tensando los dedos hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Marcelo reconoció esa mirada: no era solo miedo, era cálculo. Un cálculo de supervivencia
Como el que él hacía en negocios peligrosos… pero en ella era cuestión de vida o muerte.
—Me llamo Marcelo —dijo, estirando la mano despacio, como quien se acerca a un animal herido—. ¿Y tú?
La niña retrocedió un poco, pegándose a una tabla rota. Sus ojos no se movían del rostro de Marcelo.
—Júlia —susurró al fin, tan bajo que casi se lo llevó el viento.
Ese simple sonido le aflojó el pecho a Marcelo, como si un hilo de confianza acabara de tensarse entre dos desconocidos.
—¿Y el bebé?
Júlia miró el bulto con una mezcla de ternura y desesperación.
—Es mi hermano. Miguel.
Miguel se movió y lloró un poco, un llanto pequeño que parecía pedir perdón por existir. Júlia lo meció, pero no había leche, no había manta, no había nada. Solo ella.
Marcelo sintió que el mundo se le partía en dos. Porque él había tenido años de tristeza, pero aquella niña tenía hambre. Y cuando alguien tiene hambre de verdad, la tristeza es un lujo.
—¿Tienen… hambre? —preguntó.
La reacción fue inmediata: los ojos de Júlia bajaron, por instinto, al bolsillo del saco de Marcelo, donde asomaba un pañuelo de seda. No era codicia: era necesidad. Luego lo miró otra vez, desconfiada, como si odiara su propio reflejo.
Marcelo se levantó despacio. El traje le costaba más de lo que muchas personas ganaban en un año, y en ese instante le pareció una broma cruel. Sacó el celular y llamó a Tiago.
—Trae el coche aquí. Ahora.
Colgó antes de que el chófer preguntara. Volvió a mirarla.
—Júlia… no pueden quedarse aquí. No es seguro.
Ella miró alrededor: las paredes que se sostenían de milagro, el techo roto, la humedad pegada a la madera. Luego lo miró a él con una sinceridad brutal.
—Ya sé. Pero no tenemos a dónde ir.
El coche se acercó y la niña se encogió, lista para correr con el bebé si hacía falta. Marcelo levantó las manos, como rindiéndose ante su miedo.
—No voy a hacerles daño. Voy a darles comida. Un lugar caliente para dormir. Después hablamos.
Júlia frunció los labios.
—¿Por qué?
Una sola palabra, cargada con todo el peso de una vida que ya había aprendido a no esperar nada.
Marcelo no tenía respuesta perfecta. No podía decirle: “Porque mi esposa y yo llevamos años intentando tener un hijo y cada intento nos rompió un poco más”. No podía decirle:
“Porque mi casa es grande, pero está vacía, y yo estoy cansado de escuchar el silencio”. Decir eso, en ese momento, sonaba egoísta.
Buscó una verdad que no fuera una excusa.
—Porque ustedes necesitan ayuda… y yo puedo ayudar.
Tiago abrió la puerta trasera, todavía con esa expresión de confusión de quien no entiende cómo su jefe, el hombre más calculador del mundo, estaba de rodillas en el barro al lado de dos niños.
—Señor Marcelo, ¿está bien?
—Estoy bien. Abre la puerta. Vamos a llevarlos.
Júlia miró el interior de cuero claro, el mundo limpio y perfumado que no era el suyo.
—No puedo ensuciar el coche —dijo, mirando sus pies descalzos.
Marcelo sintió algo romperse dentro.
—No me importa el coche. Me importan ustedes.
Se arrodilló otra vez, a la altura de sus ojos.
—Confía en mí solo esta vez. Si no te gusta… te traigo de vuelta. Te lo prometo.
Era una promesa arriesgada. Pero en ese lugar, en esa esquina olvidada del mundo, no prometer también era condenarlos.
Júlia dio un paso. Luego otro. Subió al coche con cuidado, como si el asiento fuera un sueño que podía desaparecer. Entró con Miguel pegado al pecho, sin soltarlo ni por un segundo. Marcelo se sentó al otro lado, dejando un espacio para que la niña respirara.
El coche arrancó. Júlia miró por la ventana todo el camino, memorizando cada esquina como si necesitara una salida de emergencia. Miguel empezó a llorar.
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