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Millonario no podía tener hijos, pero al encontrar a dos niños abandonados todo cambió para siempre-NANA

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—No. Hablaré yo.

La puerta principal se abrió antes de que llegaran. Andréia apareció impecable, como siempre: cabello perfecto, ropa elegante, la dignidad de quien lleva años escondiendo el dolor detrás de una apariencia intocable.

Pero al ver a Marcelo cubierto de barro, junto a una niña con un bebé en brazos, su rostro se quebró en confusión.

—Marcelo… ¿qué es esto?

Su tono era controlado, pero él conocía ese control: era el último muro antes de la furia.

—Se llaman Júlia y Miguel. Los encontré abandonados. Necesitan ayuda.

Andréia bajó los escalones. Miró a Júlia, que se encogió. Miró al bebé, flaco, demasiado quieto. Algo pasó por los ojos de Andréia… un destello de dolor antiguo, de deseo guardado, de ternura que llevaba años enterrada.

—Necesitan un baño —dijo al fin, más suave—. Y ropa limpia. Y comida.

Luego miró a Marcelo, y en esa mirada había una promesa de conversación difícil.

—Después, tú y yo vamos a hablar.

Dentro de la casa, Júlia caminaba como si entrara en otro planeta: mármol, candelabros, cuadros, habitaciones silenciosas. Andréia los llevó a un cuarto de huéspedes.

—Puedes bañarte aquí —le dijo a Júlia—. Hay toallas y jabón. ¿Quieres ayuda?

—Sé bañarme sola —respondió Júlia rápido, como defendiendo su dignidad.

—¿Y Miguel? —preguntó, apretando al bebé.

Andréia extendió los brazos.

—¿Puedo… sostenerlo?

Júlia dudó y miró a Marcelo. Él asintió con suavidad. Júlia entregó el bebé con cuidado, como quien entrega un corazón vivo. Andréia lo recibió con una delicadeza inesperada, casi temblorosa.

En la cocina, Andréia preparó una palangana con agua tibia. Al deshacer el trapo, se le escapó un susurro.

—Dios mío…

Miguel era demasiado pequeño para su edad, piel pegada al hueso, señales de deshidratación. Andréia lo limpió como si cada caricia fuera una disculpa por un mundo que le falló.

Marcelo la observó y entendió algo: su esposa no había dejado de ser madre. Solo había dejado de creer que algún día lo sería.

—Necesita un médico —dijo Andréia, con firmeza—. Y Júlia también.

Marcelo ya estaba llamando al doctor Henrique.

Cuando Júlia bajó, limpia, con ropa nueva, parecía otra niña. Pero los ojos seguían siendo viejos. Andréia le hizo un sándwich y Júlia lo comió despacio, como si cada mordida fuera un tesoro, como si temiera que alguien le quitara el plato.

Esa noche, Andréia y Marcelo hablaron a puertas cerradas. Y no fue una discusión como las de antes, no fue un reproche por la infertilidad ni por el silencio. Fue algo más honesto.

—¿Qué estás pensando? —preguntó Andréia—. No podemos quedarnos con ellos así como así. Hay leyes, procedimientos. La madre puede aparecer.

—Una madre que los deja tres días…

—No es nuestra decisión —lo cortó ella—. Es de la justicia.

Marcelo respiró hondo y, por primera vez en mucho tiempo, habló desde el corazón sin esconderse.

—Cuando los vi, Andréia… vi una oportunidad. No para tapar un vacío, sino para hacer algo que importe. Para ser padre, aunque no sea como lo imaginamos.

Los ojos de Andréia se llenaron de lágrimas.

—¿Crees que yo no quiero? ¿Crees que no me duele?

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